18 setiembre 2007

Huir de Estocolmo

Tiempo, Exupery. Para escapar de aquí se necesita tiempo. Como si de nada se tratase, una de las cosas que más me importan es tener tiempo para escapar y guarecerme en algún lugar, como una cueva que tenga parabrisas y esas cosas que suelen leer los veteranos de guerra: el registro de sobrevivientes. Además, últimamente lo he practicado: salí a un jardín y ensaye mi simulacro de escape. Entré por las patas del metalenguaje del escapismo, un discurso casi ensordecedor que encendía mis orejas y avivaban en mí ese síndrome loco. Buscaba momentos en que la lluvia tupida no se entreverara con esa ilusión de frenar el sedentarismo. Nunca me había asfixiado tanto pensando en una solución; era como un asmático deseo que me llevaba a dar solución a una ecuación espesa. Tomé mis manos, las recogí por sobre mi boca y empecé a toser un día seco; no entendí un carajo, tenía el cuerpo como lleno de pinzas hincándome el momento de escapista; mucho había esperado. Pero la verdad estaba allá dentro, en la cueva. Allá me esperaba un búfalo furioso en una ciénaga negra, con un ojo en las patas y parte de lo que había comido la noche anterior.

Guardado en: Ombliguismo


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