25 setiembre 2007

Capítulo 35

Ronald resbaló un poco, se acomodó contra Babs, se fue quedando dormido. Club, Ossip, Perico, recapacitemos: todo había empezado porque todo tenía que acabar, los dioses celosos, el huevo frito combinado con Oliveira, la culpa concreta la tenía el jodido huevo frito, según Etienne no había ninguna necesidad de tirar el huevo a la basura, una preciosidad con esos verdes metálicos, y Babs se había encrespado a lo Housaki: el huevo daba un olor a tumba que mataba, cómo pretender que el Club sesionara con ese huevo a dos pasos, y de golpe Babs se puso a llorar, el coñac se le salía hasta por las orejas, y Ronald comprendió que mientras se discutían cosas inmortales Babs se había tomado ella sola más de media botella de coñac, lo del huevo era una manera de exudarlo, y a nadie le extrañó y a Oliveira menos que a nadie que del huevo Babs pasara poco a poco a rumiar lo del entierro, a prepararse entre hipos y una especie de aleteo a soltar lo de la criatura, el entripado completo. Inútil que Wong desplegara un biombo de sonrisas, interposiciones entre Babs y Oliveira distraído, y referencias laudatorias a la edición de La rencontre de la langue d`oïl, de la langue d`oc et du franco-provençal entre Loire et Allier-limites phonetiques et morphologiques, subrayaba Wong, por S. Escoffier, libro del más alto interés, decía Wong empujando enmantecadamente a Babs para proyectarla hacia el pasillo, nada podía impedir que Oliveira escuchara lo del inquisidor y que alzara las cejas con un aire entre admirado y perplejo, relojeando de paso a Gregorovius como si éste pudiera aclararle el epíteto. El Club sabía que Babs lanzada era Babs catapultada, otras veces ya había ocurrido: única solución la rueda en torno a la redactora de actas y encargada del buffet, a la espera de que el tiempo cumpliera su obra, ningún llanto es eterno, las viudas se casan de nuevo. Nada que hacer, Babs borracha ondulaba entre los abrigos y las bufandas del Club, retrocedía desde el pasillo, quería arreglar las cuentas con Oliveira, era el momento justo de decirle a Oliveira lo de inquisidor, de afirmar lacrimosamente que en su perra vida había conocido a alguien más infame, desalmado, hijo de puta, sádico, maligno, verdugo, racista, incapaz de la menor decencia, basura, podrido, montón de mierda, asqueroso y sifilítico. Noticias acogidas con delicia infinita por Perico y Etienne, y expresiones contradictorias por los demás, entre ellos el recipientario.

Escrito por Julio Cortázar
Guardado en: Monólogos sin Copyright


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