El espejo del segundo piso
Hace muchos años, cuando me preparaba en una academia preuniversitaria para entrar a la universidad, alguna vez tuve la idea de estudiar literatura. Quería ser escritor.
En ese periplo preuniversitario, mientras el tutor de mi aula nos daba los avisos parroquiales antes de empezar las clases, mencionó la existencia de la organización de unos juegos florales académicos para el mes de setiembre. Además de deportes y concursos de cálculos matemáticos, nos mencionó algunas otras categorías, entre ellas la existencia de un concurso de cuentos cortos con temática libre. Era mi momento, pensé. Recuerdo que días atrás, había tomado la decisión de cambiar irremediablamente de carrera, por una que finalmente llegué a estudiar. Y, entonces, participar en este concurso, traía la idea romántica de quemar el último cartucho. Según las bases, había que imprimir el cuento, ponerlo en un sobre, junto a mi seudónimo y en otra hoja, mi nombre, mi sede y mi aula.
Al final, no gané. Quedé segundo puesto. El primer puesto fue para una chica que sí llegó a estudiar literatura y por lo que me enteré años después, lo hizo con mucho éxito. El diploma aún lo guardo.
Hace algunas semanas, haciendo mantenimiento a una vieja computadora en casa, encontré el CPU que usábamos en casa en ese entonces y, cual trabajo de arqueología, pude encontrar dicho cuento, al cual titulé: “El espejo del segundo piso”

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